20 junio 2014

Sólo los amantes sobreviven. Una película de vampiros poco convencional.

Desde el primer plano, sabemos que lo que vamos a contemplar no es de este mundo. En su nuevo largometraje Sólo los amantes sobreviven, Jim Jarmush nos introduce en un viaje espiritual por la vida diaria -o mejor dicho, nocturna- de dos vampiros del siglo XXI.



Adam y Eve   son una pareja de seres milenarios que contemplan desde fuera la caída de la Humanidad. Han sobrevivido a las guerras, han conocido a los grandes artistas y científicos de la Historia, son extremadamente cultos y sensibles... pero necesitan beber sangre para sobrevivir. Reúnen lo más espiritual y lo más carnal del hombre. Son vampiros, y lo percibimos en su modo tan elegante de andar, en su modo de llamar a las cosas por su verdadero nombre, y en su percepción del tiempo, mucho más dilatada que la de los mortales. Podrían ser dos personajes hieráticos e inexpresivos, como estamos acostumbrados a ver, pero realmente nos los creemos y es inevitable empatizar con ellos. Son hermosos y sabios, pero a la vez están marginados y son terriblemente frágiles. Condenados a vivir lejos de la luz del sol y a ocultarse de los zombis, como llaman a los humanos; aunque los necesiten y recurran a métodos inofensivos para conseguir su alimento. Cuando están hambrientos, uno siente verdadera pena por ellos, en cierto modo son como drogadictos que no pueden vivir sin su dosis.



Adam (Tom Hiddleston) es un hombre melancólico, dado a encerrarse en sus meditaciones y en su oscura música. Posee una habilidad increíble con los instrumentos de cuerda y una curiosidad inacabable por el progreso científico. Pero le pesa la inmortalidad y ha perdido el sentido de la vida. Lo vemos languidecer en su mansión de las afueras de Detroit, abarrotada de cachivaches viejos, fotografías de viejos amigos (algunos muertos hace siglos) e instrumentos musicales de toda clase. Su aspecto es de un hombre de treinta años, de piel pálida, pelo largo y enmarañado y estética grunge. Es la imagen del poeta romántico y amargado vestido al estilo de los años 70. Recuerda a Eduardo Manostijeras y a Sueño, el héroe masculino del cómic Sandman (Neil Gaiman).

Eve (Tilda Swinton) es una especie de hada del bosque, son sus rasgos afilados, su esbelta figura y su pelo pajizo y mortalmente blanco. Aparenta algo más de edad que Adam, y también parece haber "nacido" antes. Es el complementario de su amante. Mientras que él se interesa por la ciencia, ella está muy ligada a la naturaleza y es capaz de saber la antigüedad de un objeto con sólo tocarlo. Es tierna y compasiva, y conserva la fe en la vida. Vive rodeada de libros antiguos en un hermoso piso perdido en las callejuelas de Tánger. Es como una versión siniestra y algo masculina de una doncella renacentista.



   



Lo que hace a esta película diferente del resto es la naturalidad con la que se nos presentan los vampiros. Cuando uno piensa en una película de vampiros, espera ver la dentellada en el cuello y el rito orgiástico de beber la sangre. Al fin y al cabo, eso es lo más morboso de los vampiros, la sublimación sexual a través del canibalismo. Y, sin embargo, Jim Jarmush habla de la cotidianidad de estos vampiros sin ningún espectáculo. Y lo hace de modo que cada movimiento es pura poesía. El guión está lleno de pequeños momentos mágicos, como aquel en el que bailan en el salón. La imagen está muy cuidada, la iluminación es tenebrista, y la cámara se recrea en la belleza de los actores. Otra joya de la película es el sonido. La banda sonora corre a cargo de SQÜRL y Josef van Wissen y combina música arábiga con rock sinfónico de un modo que te pone en trance. La música es también parte de la identidad de los personajes: la música de Eva es mágica y misteriosa, mientras que la que compone Adam te envuelve en una atmósfera pesada. Es como si una te elevara a la vida, y la otra te arrastrara a la muerte. Ambas músicas resuenan en la misma danza en espiral.









Condenados a vivir de noche hasta el fin de los días, Adam y Eve son una pareja de extraños que no pertenece a ningún lugar. Son héroes solitarios, y sólo se tienen a sí mismos -y a los pocos amigos de su clase que les quedan-, y están siempre en el límite del Bien y del Mal. En esto, se parecen mucho a los personajes de las road movies americanas, y se nota la influencia de este género en la película, y en cómo se recrea en los viajes por la carretera. Hay además un fetichismo por lo antiguo, por lo desvencijado, evidente en la decoración de la casa de Adam, que no deja de ser un regalo para la vista. Nosotros también amamos la decadencia.





Esta película hace de contrapeso cultural a las últimas películas de vampiros fast food que hemos podido ver (como Crepúsculo). En ellas se banaliza e incluso se domestica la figura del vampiro. Se es vampiro como se es gay. Los vampiros de Jarmush son tan humanos como los humanos. Si hubiera de compararlos con un referente literario, serían las Crónicas Vampíricas de Anne Rice. Sus vampiros, elegantes y sensuales, sufren a causa de la inmortalidad, y también son testigos del mundo. No castran su demonio interior (que sería el ideal de Crepúsculo), sino que dialogan con él, por decirlo así. Creo que en las películas de Entrevista con el vampiro y La reina de los condenados, que fueron la adaptación al cine de las novelas, se recrearon bastante en lo más visceral de los vampiros; pero guardo el recuerdo de los vampiros de Anne Rice como criaturas de gran profundidad.





En resumen, Sólo los amantes sobreviven es una película llena de sensibilidad, que merece la pena ser vista. No es la típica película de vampiros, y se desarrolla más como un drama que como cine de terror o de fantasía. Un regalo para los sentidos.


01 junio 2014

De madres a hijas

Quizá sea verdad que estoy obsesionada con mi madre.

Después de 18 años viviendo bajo el mismo techo, ahora que he salido de casa, me sorprendo hablando como ella, usando la misma talla de ropa y tratando a mis mejores amigos con tanta dureza como la que ella gasta con mi padre. La sorprendo detrás de mis paranoias y mis temores más íntimos. Y, aunque en la vida diaria consiga llevarle la contraria y decirle que se guarde sus opiniones donde le quepan; parece que llevara sus sentencias grabadas a fuego en el alma.

Dadas estas circunstancias, es natural que proyecte mi relación con mi madre en mis amigos, y que me interese por sus encuentros y desencuentros, sus parecidos y sus traumas. De algún modo, actúan como espejo para mí.

Recuerdo una anécdota de la película "Her", cuando Theodore está configurando su nuevo sistema operativo, eso es, eligiendo la personalidad de la I.A. -de la que luego se va a enamorar- que más se ajusta a sus necesidades, y el programa le pregunta cuál es su relación con su madre.

Todo el público se acordó de Freud en ese momento. La teoría sexual del fundador del psicoanálisis es archiconocida, pero la resumiré brevemente por si queda algún despistado. Para Freud, el niño tiene desde pequeño instinto sexual, aunque no está organizado en torno a un objeto de deseo y los órganos genitales. En la fase oral, asocia el placer a la lactancia, después está la fase sádico-anal (que tiene que ver con la violencia y el uso del orinal) y finalmente la fase fálica, en la que se supone que el niño siente atracción por la madre y rivalidad con el padre. Esto sucede antes de la amnesia infantil. El niño debe aceptar su posición, desistir de sus deseos sexuales y su rebeldía contra el padre para acabar identificándose con él. Esto se considera el desarrollo normal, en caso contrario se produce el complejo de Edipo. Las niñas, según añadía, tenían que cambiar el objeto erótico maternal de la fase oral por el paterno que les corresponde para la fase fálica, y las que permanecían en este estado tenían el complejo de Electra. A mí eso nunca me quedó muy claro (también hablaba de un complejo de Edipo negativo y relacionaba la inversión del objeto erótico con la bisexualidad femenina); pero pienso que Freud era bastante machista en sus planteamientos.

Avanzando un poco más en la historia del psicoanálisis, me interesan las teorías sobre el proceso de individuación de Jung. En su teoría, dividía el inconsciente en cuatro personificaciones, las que voy a explicar a continuación son el ánimus y el ánima. El ánimus venía a ser la parte masculina de la psique de la mujer, y el ánima, la parte femenina de la del hombre. En mi opinión, ambos sexos tienen ambos espíritus; pero Jung planteaba así una confrontación entre los polos opuestos del Yo y su inconsciente. El ánimus, que era la parte masculina de la mujer, estaba caracterizado por la figura paterna. "el ánimus está básicamente influido por el padre de la mujer. El padre dota al ánimus de su hija con el matiz especial de convicciones indiscutibles, irrecusablemente “verdaderas”, convicciones que jamás incluyen la realidad personal de la propia mujer tal como es realmente." El dominio del ánimus se traduciría en un Superyó masculino, un juez imparcial que llenaría a la mujer de inseguridad y desesperanza o la obligaría a hacer sacrificios penosos y a negarse los propios deseos ("primero la obligación y luego la devoción"). Si bien el ánimus encierra la brutalidad, la disciplina y la frialdad; también presenta cualidades positivas, como son la organización, la aventura y la expresión artística. Para Jung, la mujer puede tener una mayor receptividad que el hombre para las nuevas ideas creadoras, pero debe recorrer un largo calvario para armonizar su ánimus y que éste le ayude a encontrar su destino.

En mi caso, es cierto que mi padre es bastante frío y que consigue todo lo que se propone -es un manitas-; pero es la relación con la madre la que me interesa, así que pasaré a comentar "El arte de amar", de Erich Fromm. Es éste un libro básico, muy lúcido y muy sencillo de leer, que trata del amor en todas sus vertientes -erótica pero también fraternal, paterno-filial y religiosa-. En primer lugar, precisa qué es el amor, y para ello aclara qué no es al hablar de la unión simbiótica. Fromm compara la relación entre el feto y la madre embarazada con aquellas relaciones en la que hay una fusión sin integridad, esto es, en la que uno domina y otro se deja someter, y ambos son incapaces de existir el uno sin el otro. Este amor simbiótico es su forma de afrontar la separatidad, o la soledad metafísica del hombre; pero no les permite vivir en libertad, puesto que no respetan su individualidad.
A continuación, Fromm caracteriza el amor maternal y el paternal. Dice que el amor maternal es incondicional, mientras que el amor paternal hay que ganárselo. El niño necesita el amor de la madre para tener seguridad en sí mismo; pero también necesita el amor del padre para superarse y para integrarse en la civilización. Aunque estas descripciones suenen una vez más a estereotipos, reconozco que no me comporto del mismo modo con mis profesores que con mis profesoras, y me avergüenza mucho más la desaprobación de ellos que la de ellas. Volviendo a la teoría de Fromm, la madurez del niño consistiría en elaborar una conciencia materna sobre su propia capacidad de amar y una paterna sobre su razón y su discernimiento. Ahora viene lo bueno: el fracaso de esta madurez constituye una de las causas básicas de la neurosis. Aquí Fromm enumera las enfermedades asociadas a madres controladoras y padres ausentes, o a madres indiferentes y padres autoritarios. A mi entender son éstas relaciones de amor simbiótico, razón por la cual no permiten al individuo desarrollarse tal cual es. En el primer caso, se da este tipo de relación con la madre, se es dependiente de ella e incluso se buscan cuidados y protección de segundas "madres" en las mujeres y hombres de poder. En el segundo caso, hay una orientación unilateral hacia el padre, y el individuo está tiranizado por su moral y es incapaz de amar incondicionalmente. Según Fromm, este tipo de apego es frecuente en las neurosis obsesivas, mientras que "otras, como la histeria, el alcoholismo, la incapacidad de autoafirmarse y de enfrentar la vida en forma realista,  las depresiones, son el resultado de una relación centrada en la madre”.  
Es curioso, dada lo "especial" que es mi relación con mi madre, que tres de mis mejores amigas de Madrid tengan padres divorciados y vivan con sus madres, y su relación sea un tira y afloja bastante especial. Me he dado cuenta de que el cariño que sentía por ellas y que las hacía ser mis mejores amigas, y no amigas a secas, tenía algo de esa relación, a veces protectora, a veces erótica, a veces dominante, a veces sumisa... algo especial.

Por supuesto que los padres hacen lo que consideran mejor para sus hijos. Pero necesito cuestionármelo para verlos de verdad como son, y verme a mí misma también. Y no entrar en crisis existencial cada vez que me veo haciendo de Mamá Gallina. Verme a mí misma como un barro que se puede moldear. No creo que pueda cambiar mi esencia, pero sí fortificarla, ponerle andamios y una buena estructura.