17 febrero 2014

Terminator: un ciclo épico sobre la caída de la Humanidad

Terminator es una saga de ciencia-ficción conocida por la figura omnipotente de Arnold Schwarzenegger. La acción trepidante y los efectos especiales respaldan una historia de resonancias bíblicas en la que unos héroes luchan por salvar al mundo del apocalipsis tecnológíco. No se trata, pues, de una simple película de acción, sino de una mecanoteología del futuro. James Cameron  es el director de las dos primeras entregas, las cuales se analizarán a continuación. 

  
      



La primera entrega arranca con la llegada al presente de un robot asesino, el Terminator T-800, procedente de un futuro postapocalíptico en el que las máquinas dominan al hombre. Su misión es matar a la que será madre del líder de la resistencia en ese futuro. Ésta es Sarah Connor, en el presente una joven camarera sin nada de especial. A la par que el Terminator, llega también desde el futuro un guerrillero de la resistencia, llamado Kyle Reese, con la misión de protegerla. A lo largo de la película, Sarah Connor y Kyle Reese huyen del Terminator, hasta que consiguen destruirlo. Kyle Reese muere, pero deja en Sarah la semilla del que será su líder en el futuro: John Connor.

En la segunda entrega, Sarah está obsesionada con la llegada de Skynet, la red de máquinas que domina el futuro, hasta el punto de haber perdido la custodia de su hijo adolescente y estar encerrada en un psiquiátrico. La amenaza de este filme se llama Terminator T-1000 y es una máquina de polialeación mimética que cambia de aspecto y forma constantemente. Para reunir y proteger a la madre y el hijo, volverá a aparecer el Terminator T-800, esta vez reprogramado por el John Connor del futuro para hacer el bien. Los tres personajes escaparán del robot asesino mientras intentan detener el avance de las investigaciones científicas de Cyberdyne, la empresa que gestará el Skynet del futuro.






A primera vista, las películas reflejan el sentimiento de desconfianza hacia la tecnología de los años ochenta. Hoy en día la tenemos muy asumida, pero si se tiene en cuenta que el ordenador personal de IBM no llegó a los hogares hasta 1981, se entiende la fantasía de Skynet, una red informática de defensa que adquiere autoconciencia y se vuelve en contra de los humanos, provocando un holocausto nuclear y una guerra entre hombres y máquinas. Es la actualización del mito de Frankenstein. 

Terminator es una saga conocida por la acción, los efectos especiales y la figura indestructible de Arnold Schwarzenegger, pero también se ofrece a un análisis muy interesante en cuestiones sociológicas. A continuación, analizaré sus personajes y su correspondencia con arquetipos de género.

Empecemos por el Terminator T-800, el robot interpretado por Arnold Schwarzenegger. Representa la exaltación de los valores masculinos: la fuerza, la violencia y la falta de escrúpulos. Es una perfecta máquina de matar. Como advierte Kyle Reese a su protegida: "escúchame y date cuenta de que el Terminator está ahí fuera. No puedes negociar con él, no  puedes razonar con él, no siente pena ni remordimientos y nunca parará hasta que estés muerta." (Traducido del inglés). Combina estos valores con su gesto impasible, su imponente físico y su ropa negra de cuero y gafas de sol. Desde el principio, se nos deja claro que es un ser sin sentimientos al mostrar cómo le arranca el corazón a un punkie para apropiarse de su ropa. Tampoco siente dolor al hacerse operaciones a sí mismo con un bisturí, y al ser derribado siempre se levanta con un movimiento muy rígido y unos inquietantes tambores de fondo. En palabras de Mark Dery, Terminator es un "tecnofalo". Hay razones de sobra para odiarlo: aniquila a todo el que se pone en su camino sin miramientos, imita la voz de la madre de Sarah para encontrar su posición, y cuando pierde su cubierta de piel en la explosión de un camión cisterna, muestra su aspecto verdadero: el de un  robótico esqueleto con los ojos rojos. Su muerte sucede, paradójicamente, en una fábrica, en el interior de una prensa hidráulica.




En la segunda película se establece una oposición muy interesante entre los dos modelos de Terminator, el T-800 y el T-1000. Como señala Mark Dery, ambos representan una oposición de valores masculinos y femeninos. El nuevo Terminator es mutable, licúa su figura en una sustancia plateada semejante a mercurio y se deja atravesar por las balas para regenerarse con un sorbido desagradable. Representa a la Monstruosidad Femenina, o el ánima negativa de Terminator: lo blando, lo sentimental, lo frágil. La capacidad para mimetizarse con el entorno, reforzada por la carencia de una imagen propia, es según el análisis feminista una característica típicamente femenina.(1) El robot puede adoptar cualquier sexo, aunque su encarnación preferida es la de un policía con cara de duendecillo y un tanto andrógino. Utiliza esta máscara y los buenos modales para llegar hasta sus víctimas, a las que atraviesa con prolongaciones endurecidas de sus dedos.





El T-800, por su parte, prefiere los rifles de asalto. Vuelve a aparecer como un macho alfa, con sus gafas de sol y su ropa de cuero negro que arrebata a un motero, antes de robarle la moto ("dame tus gafas, tu ropa y tu moto"). Así demuestra su virilidad. En esta película, en cambio, se nos presenta como "el padre perfecto". John Connor lo acepta rápidamente como ídolo y juega con él. A pesar de toda la violencia que le rodea, intenta mantener la cordura y se encarga de enseñar al Terminator unas lecciones de humanidad: la sonrisa, el saludo, el significado del llanto y el respeto por la vida.



"Mirando a John con la máquina, de repente estaba muy claro. El Terminator no pararía, nunca le dejaría. Nunca le haría daño ni le gritaría, ni se emborracharía y le pegaría, ni diría que estaba demasiado ocupado para pasar tiempo con él. Y moriría por protegerle. De todos los padres posibles que se presentaron a lo largo de los años, esta cosa, esta máquina, era lo único que estaba a la altura. En un mundo de locos, era la opción más cuerda."


La superioridad masculina de Schwarzenegger en ambas películas es indiscutible. Los otros hombres, a su lado, parecen tan endebles física y psicológicamente: el jefe de policía, el criminólogo, el informático de Cyberdyne... hasta el propio Kyle Reese. Es un héroe guerrillero frágil y lleno de cicatrices. En un momento de intimidad le confiesa a  Sarah que siempre estuvo enamorado de ella y que esa fue su razón para viajar al pasado; y cuando ella le pregunta si ha conocido a alguna mujer especial, él responde: "no, nunca". Es todo lo contrario de Terminator.







Tomemos ahora la figura de Sarah Connor. Este personaje tiene, a mi parecer, el carácter más complejo, y la evolución más interesante de todas. Representa la lucha por el empoderamiento de toda una generación de mujeres. Al principio de la historia es una chica del montón, frágil y mona. Pero, desde que conoce a Kyle Reese, tiene que superarse: conducir, preparar bombas, vendar heridas, y tirar del propio Reese cuando al final no puede andar. En ese momento final de la película, su personaje ha evolucionado de una camarera con minifalda que se disculpa educadamente a una chica con pantalones que le grita a su amante: "¡en pie, soldado!". Finalmente, es ella la que destruye al Terminator. Vemos su crecimiento interior evidenciado en la escena final de la película: Sarah está grabando un diario para su futuro hijo, mientras al volante de un todoterreno de camino a Nicaragua, embarazada, con el pelo corto, gafas de sol, un perro y una pistola.

En la segunda película, la vemos convertida en "sargento Connor": musculada, disciplinada, con el pelo recogido y ropa militar. La imagen de Lara Croft, pero sin sensualidad. Para hacer frente a una máquina, Sarah se ha fortalecido física, pero también psicológicamente, eliminando cualquier rastro de sentimientos. Sigue sintiendo miedo, dolor y odio (que le provocan unas horribles pesadillas acerca de un jardín de infancia ardiendo); lo que aún nos indica que es humana; pero se comporta como un Terminator con todo el mundo, y su actitud con su hijo es fría, autoritaria y controladora. Su crisis interna estalla cuando encañona al mayor informático de Cyberdyne delante de su familia. No es capaz de apretar el gatillo, y se echa a llorar abrazando a su hijo. En ese momento, se da cuenta de que se ha dejado poseer por su ánimus: en su esfuerzo por llevar a cabo su misión, está perdiendo no sólo su feminidad, sino también su humanidad.

           



Desde la perspectiva feminista, Sarah Connor es un personaje revolucionario, emancipado gracias a la tecnología. Es la protagonista femenina, y los demás, son "sus hombres". Pero su personaje emite un mensaje contradictorio. Su papel en la historia se reduce a ser "la madre del elegido". "Debes sobrevivir o yo no existiré", le advierte su hijo desde el futuro. Jimena Escudero Pérez la describe de esta manera:
   "Es como si Sarah se hubiese convertido en una cyborg, pero no en la de Haraway, sino en su antítesis. De forma consciente renuncia a lo esencial del humano frente a la máquina: su sociabilidad, sus emociones." .
   "La hazaña de Sarah es más trágica que la del resto, porque no obedece a un impulso personal (...). Como heroína, Sarah es el epítome. No se protege a sí misma, ni siquiera a su hijo. Lo sacrifica absolutamente todo por darle una oportunidad al ser humano. Asume la responsabilidad más grande que una persona puede abarcar: la supervivencia de la especie como extensión de su rol materno. Protege a toda la prole, no sólo a la suya propia." 
 Tecnoheroínas (op. cit.), pág 133.


Desde mi punto de vista, Sarah es una "no-madre". Su enorme responsabilidad le impide ser tierna y cariñosa con su hijo. Es casi más un padre que una madre para él. La crisis interna que la recorre en el segundo film parece el castigo a este empoderamiento, y el momento en el que le perdona la vida al informático se redime. Creo que termina por tener una valoración negativa, junto con el T-1000, mientras que el T-800, humanizado y reafirmado por John, es el bien personificado.
Éste es el desequilibrio de la balanza que me lleva a concluir que, a pesar de lo revolucionario de los personajes de la película, la tecnofobia y el discurso sobre los peligros de la tecnología, termina por afirmar el status quo: la familia (Sarah necesita al Terminator), la tecnología (pues el Terminator es bueno) y la autoridad del líder (la policía siempre aparece en el peor momento, símbolo de la indefensión del hombre, pero los personajes confían en el héroe John Connor).

Para terminar, quisiera señalar una última interpretación posible: la iconografía religiosa. Tomemos el nombre del enemigo: Skynet, "red celeste", o "celestial", como en una emulación frustrada del Paraíso. Terminator es el ángel exterminador, y John Connor, el Salvador. Sarah Connor es la Virgen: aunque su concepción es sexual, se produce con un visitante que viene del futuro y desaparece, una especie de Espíritu Santo, y la escena tiene un aire dramático de "sacrificio". Después tiene que "mantener la fe" a pesar de que nadie la cree y es encerrada en un psiquiátrico. Por último, la escena en la que el T-1000 es aniquilado es un Infierno de fuego y metal. El Terminator bueno se entrega al hierro fundido una vez ha terminado su misión, sacrificándose y muriendo por nuestros pecados, cual Cristo redentor. La banda sonora de Brad Fiedel termina de darle el toque wagneriano. El espectador no puede más que identificarse con los personajes, la lucha del débil contra el fuerte; creer en la bondad del Terminator y experimentar la catarsis cuando el Bien vence sobre el Mal.







(1) ESCUDERO PÉREZ, J. (2010). Tecnoheroínas: identidades femeninas en la ciencia ficción cinematográfica. Oviedo, KRK Ediciones, colección Alternativas. 
Para la psicoanalista y feminista Luce Irigaray, la mujer tiene asignado el rol del otro (no subjetivo, complementario) del sujeto (autoconsciente, entidad unitaria), siendo éste, invariablemente a lo largo de la Historia, el hombre. En la cultura occidental sólo existe una forma de subjetividad, y es masculina. Su explicación a este enunciado es la milenaria asociación de la madre con la naturaleza y la materia no pensante. La identidad de la mujer siempre se define en base a la maternidad, sea o no madre. En el caso de los hombres, por el contrario, la identidad se asocia a la cultura y la subjetividad. De hecho, es como si la mujer no fuera un sujeto completo. Necesita del referente para poder reflejarse.
Luce Irigaray: "Espéculo de la otra mujer" (1974), citada en Tecnoheroínas (p. 32)
La filósofa ciberfeminista Sadie Plant desarrolla esta vinculación a partir de la idea de que la tecnología es esencialmente femenina. Según ella, las mujeres son "máquinas inteligentes". Heredera de la línea de pensamiento de De Beauvoir e Irigaray, sostiene que la mujer es el cero, la nada del código binario, que siempre ha sido la "otra" (the other), recalcando que la imposibilidad de la mujer para ser cualquier cosa la ha obligado a desarrollar una poderosa capacidad de mímesis, gracias a la cual puede participar de la sociedad imitando los valores establecidos por el hombre como la inteligencia, la autonomía, la belleza, etcétera.
Sadie Plant: "Zeroes and Ones" (1997), citada en Tecnoheroínas (p. 67) 

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