29 mayo 2014

Metrópolis


Quería contar una historia sobre la ciudad, pero no he podido. Quería ponerle imágenes y sonido a todas las sensaciones que había recolectado a lo largo de cuatro años, en el metro, en los supermercados y centros comerciales; pero sobre todo, en los largos paseos nocturnos de vuelta a casa en los que mi única acompañante era la ciudad.

En mi mente se arremolinaban escenas de angustia, violencia y terror como en una pesadilla metropolitana: un hombre entra en un vagón de metro y todos le observan y van vestidos igual que él; a un pasajero se le acaba la batería del móvil y comienza a agonizar; otro que chatea animadamente por el móvil entre una maraña de voces y que, cuando lo apaga, se encuentra totalmente solo en un vagón vacío. Historias de soledad, sí, y de hibridación con la tecnología, y de alienación. Me rondaba la cabeza una canción no terminada -en realidad la compuse hace un año y tardé un poco más en ponerle letra, pero siempre cambio alguna estrofa- titulada "Las calles de mi soledad" y que decía así:

Por las calles, paseando,
no estoy buscando
nada en particular.

El reflejo del espejo fragmentado
no sabe quién soy
quién es este cuerpo que sufre y que llora
y sigue corriendo y sigue soñando
a pesar de vivir, a pesar de morir
cada día un poco más.

Pasear por las calles,
cruzar escaparates,
maniquíes andantes,
2x1 en gafas de sol...

...

Las putas de la calle Montera,
barbudos en Lavapiés,
copas en Huertas, chicos en Chueca
y el chino de Plaza España.

Promesas de redención,
promesas de felicidad,
de acabar con la soledad
de este rincón.


La cuarta estrofa, donde he puesto puntos suspensivos, era una enumeración y siempre se me olvida. Ya encontraré el manuscrito original, tiene que estar en mi carpeta roja.

El caso es que yo tenía esas paranoias que quería expresar. Mi fascinación hacia la vida urbana me llevaba a grabar el sonido del metro con la ZOOM de la facultad (quién tuviera una grabadora propia!) y a filmar todo lo que llamaba mi atención con la cámara del movil, mediocre y temblorosa pero siempre a mano. Los vídeos no eran muy buenos, pero veía el trabajo de Jonas Mekas, de estética de vídeo casero (cutre), y me decía que si él podía, yo también.

Por fin llegó el momento de presentar el proyecto en clase de Audiovisuales y no tuvo muy buena acogida, quizá el concepto era demasiado abstracto o los vídeos del móvil muy malos. El caso es que Nayla se unió a mi delirio y entre ambas condensamos nuestras pesadillas para destilar tres historias que lo contaran todo. A saber, la fobia social, una historia en la que un chico es atacado por otros jóvenes que le quitan sus objetos personales; el amor, o la imposibilidad del amor, retratada en una chica que observa a un chico en una librería e imagina que rompe la barrera de la incomunicación; y por último, la chica que baila, tan pasada de rosca que ya le da igual todo, y baila para celebrar la luz y las sombras. Por si la película se convertía en una sucesión de historias cortas, me encargué de insertar unos montajes poéticos con mis vídeos caseros y mi música a los que llamé "transiciones". Pero tampoco quedé satisfecha. Lo que en su momento rezumaba vida y autenticidad quedaba desvaído a través del velo pixelado de la cámara. Y luego veía trabajos tan buenos como "Sans soleil" de Chris Marker con toda su poética, su imagen y su sonido impecables -y su voz en off ensayística, en francés- y me daba cuenta de que me quedaba mucho por contar.

En el proceso, había aprendido a filmar, a hacer story-boards y a adaptarme a las circunstancias que habían ido surgiendo -como la prohibición de grabar en el metro o la dificultad para encontrar actores en fechas cercanas a los exámenes-. Y me había demostrado a mí misma que podía llevar un proyecto hasta el final, apoyada por Nayla por supuesto -nada de esto habría sido posible sin ella- 

Así que no hay que ver el vaso medio vacío, ha sido toda una experiencia. Me queda mucho por ver y por vivir, no me importa demasiado que mi "obra maestra" retrase el momento de su llegada un año más. Consideremos "Metrópolis" una obra de formación.


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